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Pero hoy al verte salir toda golpeada, compruebo que es real la pesadilla que temía, los oscuros ultajes de tu esposo; despiertan en mi el valor necesario para demostrarte que un desconocido puede darte un mejor porvenir y amor que aquel que prometió amarte hasta que la muerte los separe

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Tal vez mi indecisión impidió que estuviéramos juntos. Eras el jardín que esperaba por un jardinero que lo atendiera, no por el deber rutinario, sino por la devoción y agrado que despierta tu compañía. Siempre intuí que, a pesar de tu marido, necesitabas querer y ser querida. Pero no traspuse el umbral. Solo me atreví a contemplarte a través del cristal. La inutilidad de la indecisión, califique así mi conducta y lo anoté en uno de los cuadernos en donde llevaba las cuentas del negocio de mi negocio de quesos.

En esos mismos textos te dibujaba, siempre con una mirada que requería de mi auxilio, de modo que de noche me soñaba rescatándote y trayéndote a mi lado, para compartir esta cama inmensa que compré para ti, sin que tú lo supieras, ni yo te lo dijera.


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Otra noche cae, es inevitable, tu rostro lo delinean mis palabras rosa a rosa te vuelves verso, tu voz se pincha con el filo de la lluvia y entre la noche y lluvia, despierto. No estas conmigo, silencio te has vuelto, el tiempo de mi te aleja, la muerte me une a ti, al igual que el vidrio y tus ojos. Ruego por que llegue la mañana, fría o calida no importa, solo por tenerte frente a mi todos los días. Se que sufres, tu susurro en sueños me lo dice. Tu oficio no me deja verte, he logrado colarme entre los niños que te visitan y veo como sus palabras planchan tus débiles arrugas y como tu enigma de sonrisa, ilumina mi oscuridad.

Cecilia Pedroza Bello.








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Desde el delgado marco que sostiene ese vidrio que nos separa, te veo pasar frente a mí todos los días. Y estas allí con ese rostro que no reposa, que calla mientras no respira y con aquellos ojos que aplastan la soledad, implorando que los gritos de esa voz que solo veo en sombras, se apague con la muerte del día.

Cuando la luna suele deslizarse por el intersticio del marco que une nuestros mundos, puedo escuchar tus sollozos que se cuelan desde esa habitación oscura que habitas. Aunque el conteo de las lunas ha señalado ya algunas arrugas en ese rostro que he acompañado en el silencio, se que puedo arrancarte y verte aquí, conmigo.