TEXTOS SELECCIONADOS EN LA CONVOCATORIA 2010
Luz Marina Galván Bravo (Texto)
Julia Esther Vélez Santos (Texto)
Germán Alberto Beleño Navarro (Texto)
Heidy Meza Cárdenas (Texto)
Miguel Enrique Torralvo Pinto (Texto)
Alfonso Ramón Hamburger (Texto)
Eder Francisco Navarro Márquez (Texto)
Mirlena Paola Martínez González (Texto)
Luis Umberto Atencia Aguilar (Texto)
Eduardo Gómez (Texto)
Wilfrido Rodríguez Orozco (Texto)
BIPOR (FÈLIX MÈNDEZ) (Texto)
LA MAÑANA DE HOY
Yo, por el contrario, albergaba un carnaval de emociones en mi estómago. Sentía como si las comparsas se movieran de un lado a otro en mis entrañas y los tambores repicaran en mi pecho; no podía disimular lo expectante y ansiosa que me encontraba. Pero, a pesar de su extraño comportamiento, no renunciaba a mi pretensión de comprender a papá. Seguramente no había sido fácil para él, ni lo sería para nadie, tener que explicar a su jefe que llegaría cualquier mañana, de un día común y corriente, acompañado de su hija de nueve años al sitio de trabajo. No obstante, debo aclarar que prometí evitar al máximo convertirme en un tropiezo para él. Mi único objetivo, el hálito que me daba fuerzas para vivir este nuevo día, era la fortuna de conocer su trabajo para contarle a mis amigas del colegio lo bueno que era para las otras personas, aquello que papá hacía. Para ser un poco más sincera, estaba cansada de lo vanidosas que resultaban mis compañeras de curso cuando se referían al oficio de sus padres.
Papá, siempre nos hablaba de la forma como ahora le estaba sirviendo a mucha gente. Ya no tenía que trabajar desde muy temprano, en la madrugada, pero se le hacía más difícil que con los animales allá en el campo. Trabajar con las personas es muy duro, comentaba papá, “….un día te quieren… otro te odian, un día te ayudan… otro te esquivan, en fin, no sólo trabajas con cada uno de tus compañeros sino también con sus temores, con sus odios, con sus locuras y sobretodo…con su intolerancia”. De eso entiendo poco, pero mamá decía que él se había convertido, en poco tiempo, en la alegría de muchos que carecen de muestras de afecto y que le agradaba trabajar con la gente del común. Sus comentarios me hicieron pensar, en algunas ocasiones, que podría estar trabajando en una de esas misiones humanitarias internacionales que viajan muy lejos, mucho más lejos de donde vivimos ahora, llevando alimentos, medicinas y prendas de vestir a los más pobres. Sin embargo, supongo que de ser así, no alcanzaría a llegar por las noches a cenar en casa. Además, si en casa no sobra la comida... ¿cómo iba a regalar a los demás? Dios proveerá, dice mamá… Bueno, lo importante era no especular más y enterarme de lo que él hacía. Tan pronto como tomé el desayuno, no sin antes hacer mi oración habitual, me levanté de la mesa, lavé mis dientes, acicalé mi cabello y preparé el morral. Mamá nos dijo que tal vez el colegio estaría más cerca del trabajo y con ello evitaríamos tener que emprender un largo viaje de regreso a casa al llegar el mediodía. Me entregaron una bolsa de tela parecida a una tula y papá sacó su gigante y sagrada maleta ovalada. La verdad, hasta hoy, había sido un misterio para mí qué clase de documentos o formularios necesitaban una maleta tan rara para protegerlos ó esconderlos; además, la maleta era vieja, destemplada y expelía un olor rancio que vagaba entre el contra y el agua de bruscos. Entiendo que la maleta fue un regalo de mi abuelo, quien la usó cuando viajó a la guerra entre liberales y conservadores en los cerros de aquí cerca, detrás de las sabanas donde vivíamos hasta hace dos años.
Llegó la hora de despedirnos. Recibimos la bendición de mamá y salimos cogidos de la mano sin decir palabra alguna, yo por la emoción y papá quien sabe por qué. Unas gotas de lluvia amenazaron con arruinar mi anhelada experiencia, por lo que decidí acelerar el paso hasta que inconcientemente terminé llevando casi a rastras a mi padre por el camino sin saber adónde iba. A él, parecía importarle poco si se mojaba o no, por lo que acoplamos nuevamente el paso y caminamos cerca de veinte minutos que sentí eternos, aunque diariamente caminaba un poco más yendo al colegio, hasta que llegamos a la parada del autobus en la circunvalación.
Esperamos la ruta del bus amarillo y verde, y subimos. Al ingresar al bus, papá insistió en que me sostuviera firmemente de la pretina de su pantalón, a su lado derecho, y que me mantuviese callada; que por nada del mundo fuese a interrumpir o molestarle y que estuviera atenta a todo lo que sucedía en el camino. Sólo debía moverme cuando él me lo indicara. Según me contó, su compañero conductor era un cascarrabias de la peor calaña. El bus iba repleto de pasajeros. De repente, papá irrumpió en un torrente de palabras que manaban de sus labios pidiendo excusas a la gente y agradeciendo la atención que pudieran prestarle. Inició contando una historia de nuestra familia que yo no conocía; los viajeros lo miraban absortos, incluso yo, que intentaba infructuosamente descifrar muchos de los apartes de la historia que contaba. Aquello que papá narraba, parecía los avatares de nuestro viaje hasta esta ciudad. Coincidía en algunos detalles, pero otros parecían extraídos de una película dramática y muchas veces de terror. Con la venia del señor conductor decidió revelarme, junto a todos los demás, su esquivo secreto sacando de la maleta una diminuta guitarra adornada con incontables lazos de colores. Comenzó a interpretar la canción Color Esperanza, aquella que hizo famosa el cantante argentino Diego Torres, esa que las niñas del coro cantamos en el colegio para despedir a los estudiantes de quinto grado que se iban al bachillerato. Mientras cantaba, los rostros de la gente se iban transfigurando en rostros de tristeza y de pesar, y luego lograban improvisar una pequeña sonrisa al interpretar el coro de la canción. Hasta hoy, desconocía las aptitudes artísticas de papá, se había convertido en una figura pública sin enterarme de ello. Y lo mejor, tenía fama. La gente lo aplaudía incansablemente.
Al final, precediendo la orden inapelable de mi padre, recorrí el pasillo con la bolsa de tela en mi mano derecha, mientras la gente se desbordaba en elogios y le pagaba con monedas y hasta billetes de mil pesos. Imagínense!... con billetes de mil pesos. Papá es un artista. No como los que he visto en la televisión o los que he escuchado en la radio nacional, pero papá es famoso, hoy lo comprobé y eso me llena de orgullo.
Después de su interpretación, papá decidió que era hora de bajarnos y caminar de nuevo. Estaba extasiada y preferí volver a casa a escribir lo que sucedió. Por eso estoy aquí frente a mi diario. La mañana de hoy, no conocí dónde trabaja papá, pero eso es lo que menos me importa ahora, lo que hace mientras llega a su trabajo me parece suficiente para sentirme orgullosa de él.
HOMBRES DESARRAPADOS
Por:Luz Marina Galván Bravo
HOMBRES DESARRAPADOS
Hombres desarrapados
tristes caminan
arrastrando el peso
de muchos males;
el ultraje,
compañero de sus días,
se gloría
como dardo enardecido;
la desigualdad camina erguida
ante la desidia envanecida.
Todo pasa, pasa fríamente
hasta que la muerte
como ave carroñera se clava
en cada corazón, en cada calle
de la barriada,
dejando una estela de dolor
y rabia
chocando con un desierto
de ignominia y sinrazón.
NOCHE
Noche silenciosa
donde las luciérnagas navegan
en danzas silenciosas,
en suaves murmullos candenciosos
recorren las fronteras de la noche.
Como mar de sombras llegas
para hipnotizar a la etérea Luna,
como ninfa te adueñas
de mis más puros pensamientos,
que naufragan en el silencio,
silencio sublime
de una noche silenciosa.
Partimos para regresar un día
No desees mi poesía: la poesía
De tu padre no te dará la felicidad,
Si no te haces eterno tu mismo,
Yo no te daré la eternidad.
Talvez sea yo quien
Consiga La eternidad en tus manos
Safiq Maluf
A las nueve de la noche, Carlos Enrique, uno de los hijos de Marcelina entró al salón con una caja que colocó en medio de la gente, que inmediatamente comenzó a organizarse en media luna alrededor de la caja. Con la parsimonia que lo caracteriza Carlos ayudado por su tío Dorcey abrió la caja y sacó un televisor Sony, este lo había comprado tan solo un par de días antes en Maicao. Mientras escuchaba a mi abuela recordaba a Melquíades cuando llegaba con un nuevo invento a Macondo.
Carlos encendió el aparato y lo conectó a una antena improvisada que habían hecho esa misma tarde. Cuando lo encendió no se veía más que interferencia, todos los asistente se miraban desilusionados. Pero sintonizó rápidamente el canal, la gente se acomodó como pudo y comenzaron a ver la transmisión del arribo del hombre a la luna. Eran exactamente las 10:56 P.M. cuando Armstrong descendió por una escalerilla con su traje espacial y puso el pie izquierdo sobre la Luna. Sus primeras palabras fueron "Estoy al pie de la escalerilla. Las patas del Águila sólo han deprimido la superficie unos cuantos centímetros. La superficie parece ser de grano muy fino, cuando se la ve de cerca. Es casi un polvo fino, muy fino. Ahora salgo de la plataforma". Luego diría la frase histórica: "Este es un pequeño paso para el hombre; un salto gigantesco para la Humanidad". Este fue el tema de conversación de todo el pueblo los días posteriores, muchos años después todavía en las cocinas se comenta sobre la noche en la que vieron llegar el hombre a la luna. Creo que la gente de Los Palmitos no era consciente del momento del cual participaba, si hay un hecho histórico del que hizo parte el mundo entero es este, si no lo hubiesen transmitido en directo sería solo de la incumbencia de los norte americanos.
Esto no fue lo único que veían en masa, también asistían a las transmisiones de las telenovelas, las mexicanas eran las favoritas, las producidas por Televisa, y las venezolanas por RCTV -qpd-, de las novelas colombianas las que más gustaron fue La Abuela, La Casa de las Tres Palmas y El Gallo de oro.
Mucho antes que el hombre llegara a la Luna, Los Palmitos había sido conquistado por las imágenes en movimiento. En la década de los cuarenta al pueblo había llegado el cinematógrafo, el primer cine que hubo se llamó Teatro Santa Rosa3. El dueño era el Turco Julio Farak, que no era turco sino libanés4, él era el padre de Marcelina Farak. Al igual que las novelas los palmiteros preferían el cine mexicano ante cualquier otro. Las películas de Pedro Infante, pedro Armendáriz, Jorge Negrete y de “la doña” María Félix eran la predilectas; aunque era conciente de eso el gusto del Turco no se limitaba a proyectar ese tipo de películas, mientras buscaba en los teatros de Sincelejo y Barranquilla que películas proyectar se encontró con una que le causó fascinación, se llamaba El Hombre que Quiso ser Dios5; comenzó la promoción quince días antes del estreno, le dio bombos y platillos, y logró su cometido, el día de la proyección todo el pueblo asistió, tenían muchas expectativas en el filme. Mi abuela dice que solo cuando el hombre llegó a la Luna casi diez años después vió en el pueblo una conglomeración de gente igual. Antes que la película fuese por la mitad ya casi todo en público se había ido, la película había resultado un fiasco. Muchos años después Julio Farak seguiría insistiendo que El Hombre que Quiso ser Dios era una muy buena película.
Muchas cosas han cambiado desde ese 20 de Julio de 1969, sobre todo la cifra de televisores que hay en el pueblo, para ese entonces no habían más de 10 aparatos y creo que con este número estoy exagerando; en este momento deben haber tantos televisores como familias en el pueblo, incluso más; Los Palmiteros puede que duerman en una hamaca o en una colchoneta pero deben tener por lo menos uno, así sea el más “viejito”, si es a blanco y negro o a color, no es lo fundamental, lo que importa es tener donde ver las novelas, los partidos de fútbol, los noticieros, los muñequitos6 y el chavo.
Recuerdo que cuando tenía siete años veía televisión con mis primos, había un televisor en la casa de mi abuela, bastante viejo por cierto, y todas las tardes –mañanas, al medio día, a cualquier hora- nos sentábamos frente al aparato, recuerdo en especial las tardes porque veíamos los Tunder Kats, en esa época no daba miedo, la señal tenía interferencia la cual distorsionaba aun más las voces de los personajes, sobre todo de Munra –“el malo de la película”- esto era un ritual. Antes de cumplir los ocho años a mi abuela le pareció que el sitio en el que estaba el televisor no era adecuado porque estorbábamos para la movilidad dentro de la casa. El TV pasó al cuarto, una mala jugada que nos hizo la abuela, ahora ya no podíamos comer frente al televisor, además cuando el calor de la costa arreciaba no quedaba más opción que salir de la habitación y refugiarse en el kiosco de palma que tenía funciones de cocina y de comedor debajo de los abanicos de techo, escuchando las historias de la abuela.
Fue en la cocina y en relación con los Otros que yo aprendí mi historia. Es la historia de una familia que llegó del Líbano a principios del siglo pasado. Es la historia que me gusta creer y que he escuchado toda la vida en la cocina de mi abuela. Toda la información que aquí será contada la he interiorizado en una cocina, mientras comía, mientras jugaba, mientras me dormía, con solo estar ahí y sin ser conciente de lo que pasaba a mi alrededor.
Partimos hacia destinos no escritos para decir a los que hemos conocido que retornaremos para establecer relaciones otra vez. Partimos para aprender el lenguaje de los árboles que no viajan; para escuchar el tintineo de campanas en los sagrados valles en busca de dioses más piadosos; para arrancarles a los extranjeros la máscara del exilio; para susurrar a los transeúntes que, como ellos, nosotros también pasamos, y que nuestra historia es efímera, tanto en la memoria como en el olvido, lejos de madres que encienden las velas de la ausencia y acortan el lapso del tiempo cada vez que elevan sus manos al cielo7.
Mi abuela me contaba que Mis tatarabuelos habían llegado de Arabia se llamaban Marcelina Jayir y Tomás Botuma, su cuento8 comienza en el Líbano, en un pueblo que se llamaba El Cedro. Marcelina pertenecía a una familia de la aristocracia del Líbano, según mi abuela somos –fuimos- parte de la nobleza de ese país. Ella se enamoró de un trabajador de su padre, Tomás, y decidieron irse a vivir juntos, pero como él no tenía sangre azul, el papá de Marcelina se opuso a la unión y ellos tuvieron que huir. Salieron del Líbano en los primeros años del siglo XX, cuando todavía el Imperio Otomano ocupaba su país. El barco que tomaron iba a Nueva York, durante el viaje ella dio a Luz a Luis Enrique, su primer hijo; Julio, mi bisabuelo nació en Estados Unidos. Ahí estuvieron casi tres años. A veces pienso que la historia sobre un origen noble la contaban a los niños para no decirles que huyeron desplazados por la guerra.
Viajaron a Colombia alrededor del año 1900, cuando llegaron tuvieron que cambiarse el apellido de Tomás por un apellido turco, escogieron el Farak porque sus primos lo habían adoptado en el nuevo país. A los árabes para que los pudieran recibir en el país debían utilizar un apellido otomano, es por eso que los llaman turcos.
Anduvieron por varios municipios de Sucre, hasta establecerse en Los Palmitos, un pueblito que apenas se estaba comenzando a poblar. Ahí montaron una tienda de ropas y telas. Dentro de su casa ellos hablaban en árabe, pero por fuera de esta hacían su mejor intento por pasar desapercibidos, pero por estar marcados como turcos y extranjeros nunca lo lograron. Pero lo que a la gente más le molestaba era lo rápido que ellos progresaban. Ellos lograron tener una posición dentro del pueblo un poco envidiable, aunque las rachas de liquidez no eran constantes. Los costeños que no son descendientes de turcos siempre se han quejado que los turcos tienen plata, de esto el escritor David Sánchez Juliao tiene un cuento que se llama Don Abraham Al Humor: “Así como aquí acostumbran a los niños a ser botarates y borrachines, en el Líbano los acostumbran a ser ahorrador y cují…la adversidad del que viene del Líbano es positiva. Tiene que trabaja, que más hace, romperse el cuero como Sebastián de la canción, no tienen primo, tienen hambre, no tiene tía, no tiene abuela para ir a pedir cuando no tienen plata que más haces tú, trabajar hombre…” Los padres del Julio murieron cuando él era muy joven, y buscaron el apoyo de Rosa Y Juan, los primos que llegaron a Colombia antes que ellos. Como buen árabe a Julio le tocó trabajar desde pequeño y tenía talento innato para el comercio. Murieron lejos de su tierra, en un lugar donde nadie los quería, donde nadie lo quiere, donde sus descendiente siempre serán victimas del odio de alguno de los habitantes de Los Palmitos, y como un pueblo acostumbrado al odio y al dolor lo acogimos como nuestra nuevo tierra, que ya no tiene cedros sino palmas. Lo transformamos, lo mejoramos y nos odian porque ellos no lo hicieron primero.
Partimos para no ver a nuestros padres envejecer, para no advertir las marcas del tiempo en sus rostros. Partimos para anunciarles a los que amamos que aún los amamos, que la distancia no puede asombrarnos y que el exilio puede ser tan dulce y fresco como la patria. Partimos para que al regresar un día, nos reconozcamos como exilados donde quiera que estemos. Partimos para borrar la diferencia entre aire y aire, agua y agua, cielo e infierno. Nada nos importa el tiempo, contemplamos la inmensidad, vemos olas brincando como niños, mientras el mar refluye entre dos barcos: uno que parte y el otro hecho de papel en manos de un niño9.
Partimos para engañar a la muerte, pero ella nos persigue de un lado a otro10. Escapamos de los turcos, pero nunca escapamos de la muerte…Julio Farak lo sabe y por eso la espera tranquilo en su cama, en su pueblo. Él sabe que lo único que muere es el cuerpo porque él va a vivir muchas vidas más, las que quieran hacer para él sus hijos y nietos; la que va a hacer Marcelina porque ella es la continuación de su pensamiento. Mi abuela siempre me cuenta como murió el turco, parece una historia sacada del realismo mágico de García Márquez, tal vez porque el construyó su obra de las narraciones que su abuela le contaba en la cocina.
El Turco murió un 29 de Junio de 1964 hacia la media noche, la plaza del pueblo estaba a oscuras, parecía un agujero negro en medio de las lucecitas débiles de las casas alrededor. La falta de corriente eléctrica hace de Los Palmitos un lugar sombrío al caer la tarde, pero sólo hasta que el viejo Julio Farak prende una bocina que tiene en su casa amarrada en lo alto de una vara de madera; esta sobresale como la bandera de un barco. En ese momento la música invade al pueblo y la gente sale a los corredores a hablar con el vecino o saludar a todo el que pasa, para verse cuenta con la luz de la luna, cuando esta quiere dar su cara o con un mechero de gas. Como era habitual es en esta casa donde había más movimiento, a pesar que el cine Santa Rosa, ubicado en la parte de atrás y el billar que está en la parte alta estaban cerrados. Por las ventanas se veía un poco de luz y algunas sombras que caminaban en el interior. No había música ni anuncios de películas por la bocina, al igual que algunos días atrás.
Contrario a lo que parecía desde fuera, en el interior de la casa todo estaba en silencio, nadie habla, el único que lo interrumpe es el viejo Julio, con cada ataque de tos pone a andar el tiempo, que por momentos parece estar detenido. Él estaba acostado en una cama de tijera o lona en una salita de estar, la habitación no tenia ventilación, y se iluminaba con una bombilla débil, que funcionaba gracias a un motor eléctrico que noches atrás fue usado para el proyector de cine. Junto a él estaba Cristina -la hija menor-, ella le echa viento con un abanico de paja. En la casa también se encontraba Marcelina -la hija mayos-, Carmen -una nuera, esposa de Olmedo el hijo mayor-. Ellas estaban fumando en el patio las últimas calillas que les quedan.
Angélica, la esposa del viejo, se fue al cuarto de al lado, está tratando de dormir un poco porque tenía noches que no lo hacía, pero no puede conciliar el sueño. Se levantó de la cama sobresaltada. Y buscó algo en el cuarto. Se fue a la cocina y ahí se tomó una aromática, porque estaba sobresaltada, tenía la respiración acelerada y le temblaban las manos mientras se llevaba el pocillo a la boca. Marcelina que Oyó los pasos de la mamá la fue a buscar, la encuentra nerviosa y llorando. El viejo se va a morir, le dice a la hija. Le contó que mientras estaba acostada sintió que le golpeaban la cama, buscó y en el cuarto solo estaba ella. La mandó a donde Olmedo, el hijo que tiene una farmacia a tres cuadras de la casa, a buscar morfina porque en la casa ya no quedaba. Marcelina le pidió a Carmen que la acompañara, todo esto pasó sin que el viejo se enterara.
Las tres cuadras que la separaban de la farmacia del hermano parecían mucho más largas que en el día, a pesar de no haber luz y que son dos mujeres solas a altas horas de la noche, no tenían miedo, el pueblo es un lugar tranquilo.
Cuando están en medio de la plaza, Carmen le Advierte a Marcelina de la presencia de alguien desconocido, ella ve a un hombre vestido de blanco, es alto y corpulento, él se mete en un callejón, les parece extraño y lo siguen hasta ahí, pero no hay nadie. La presencia del hombre logra asustarlas, caminan más rápido, llegan a la casa, y tocan desesperadamente, cuando abren la puerta entran y cierran la rápido. Temen que el hombre las haya seguido. Aunque tienen miedo están obligadas a regresar deprisa a la casa, el miedo no tiene cabida, regresar con la morfina es la prioridad en este momento.
Cuando llegaron a la casa y entraron al cuarto donde estaba el viejo, este inmediatamente les preguntó ¿Por qué no me consultaron si necesitaba la droga? Cuando le contaron a Angélica sobre el hombre que vieron y la pregunta de Julio ella les dijo que en la casa nadie le había comentado al esposo de la salida. El 29 de Junio de 1964 murió Julio Farak de cáncer de pulmón, solo un rato después que las muchachas vieron al hombre vestido de blanco. 30 años después y a la misma hora muere Angélica, al lado de ella estaban Marcelina y Carmen.
Partimos como un payaso que viaja de poblado en poblado, guiando a sus animales que enseñan a los niños su primera lección de tedio. Partimos para engañar a la muerte que nos persigue de un sitio a otro. Continuaremos así hasta que estemos perdidos, para que donde quiera que vayamos nunca más nos encontremos a nosotros mismos y para que de esta forma nadie pueda encontrarnos11.
1. Los Palmitos es un pueblo que está ubicado al Nororiente de Sucre, en la costa atlántica colombiana.
2. Poema PARTIMOS 1955de ISSA MAJLUF. Poeta, ensayista y traductor. Obras: Estatuas para la claridad del día (1984), La soledad del oro (1992), Sueños de Oriente (1997). http://www.poesiaarabe.com/poesia_libanesa.htm
3. El nombre obedece a que la patrona religiosa del pueblo se llama Santa Rosa de Lima.
4. En la costa caribe colombiana a los libaneses, sirios o palestinos que llegaron en la primera mitad del siglo XX se les llamó turcos porque al llegar al país debieron acoger un apellido de Turquía ya que este país estaba ocupando el Líbano, por eso la confusión en el gentilicio.
5. The Man In Half Moon Street, USA 1947. trata de Un científico experimenta con métodos de rejuvenecimiento pero se ve obligado a asesinar a una persona cada varios años, en orden de prolongar su propia vida.
6. Así se le llama a las series o películas de animación EN Los Palmitos.
7. Majluf 1955
8. Hablo de cuento por que la historia tiene cierto tono de telenovela mexicana.
9. Majluf 1955.
10. Ibíd
11. Majluf 1955
Trabajar desde “pelao”
Lo vi acercarse, calzaba unas desgastadas chancletas, sus pies y parte de sus piernas estaban cubiertos de polvo, lo que daba una especie de contraste con su piel morena, vestía una raída pantaloneta y camisilla cuasi blanca; en su mano izquierda cargaba una pequeña olla de aluminio, que golpeaba con un trinche que tenía en su otra mano. “empana’ a dociento’, empana’ a dociento”, grito con voz delgada, cuando estaba cerca de mí, seño’ va a compra’ empana’, me dijo.
Ese niño, Debe tener unos siete u ocho años, pensé en ese momento; Retiró la tapa de la olla y me mostro las empanadas. Realmente no tenía la intención de comer, pero por preguntarle donde vivía, cuantos años tenía etc.…tome una. Aunque escaso en sus palabras, que eran casi monosílabos, escuche con dolor de padre, sus respuestas a mis preguntas.
Me dijo, que vivía en un barrio subnormal de la zona norte de Sincelejo, que asistió un tiempo al colegio, pero no volvió , que vendía empanadas para ayudar a su mama, que efectivamente tenía siete años y que tenía cuatro hermanitos; igualmente dijo que su padre iba a la casa “a veces”, y que “siempre toma ron” . Cuando lo vi algo desesperado, le cancelé lo que me había comido, y mil pesos que le di demás, “gracias”, me dijo, colocó nuevamente la tapa de la olla y se marcho. No le quite la vista, caminó veinte metros, cuando nuevamente grito “empana’ a dociento”, al tiempo que golpeaba la olla con el trinche. Me cuestione a mí mismo, por la miserable ayuda que le di, ante semejante drama, solo mil pesos, pero en ese momento no tenia mas. El partido de futbol me pareció lo más estúpido del mundo, mientras pensaba en mis dos hijas pequeñas y como sería si tuvieran que vivir algo similar.
Lo peor de esta historia, es que a diario la vemos, pero no la observamos con detenimiento, niños trabajando, los hay en cantidad en la ciudad; lavan motos y carros, cuidan de los mismos en las afueras de los restaurantes, colocándoles cartones para protegerlos del sol, en espera de que les den cualquier cien o doscientos pesos, venden fritos, venden verduras en el mercado, son indigentes etc. En algunas ocasiones, han salido noticias sobre acciones, contra el trabajo infantil, pero no he vuelto a saber al respecto, tampoco sobre los resultados obtenidos, o cómo podemos contribuir los ciudadanos. En fin, lo que creo, es que debe convertirse en una política pública, tanto del nivel nacional como territorial el tema de la erradicación del trabajo infantil, además que los padres sean los que nos “partamos el lomo” como se dice popularmente, y que algunos de ellos dejen de utilizar el argumento, de que se debe aprender a trabajar “desde pelao”. Los niños a estudiar y a prepararse para enfrentar el mundo con más herramientas.
INTENTANDO NARRAR
Volvió a tomar el libro y lo hojeo sin prisa y con mucha curiosidad. Fue a fregar los platos y se perdió extasiada en su historia, en la que a partir de hoy comenzaba a escribir sin vacilar; se le vinieron recuerdos de toda su vida, de aventuras contadas por sus conocidos, de su desventura en el amor, de lo que había vivido y lo que no, de cómo organizar tantos personajes en tan pequeñas hojas, de cómo Dios iba a interceder por ella para lograr su propósito…
Fue hasta su ordenador y se concentró en que desde ahora su inspiración no iba a ser de poeta sino de narrador. Casi ruedan sus lágrimas cuando la música al compás de las teclas se confundía en un eco inexorable. Sabía que desde ahora quedaba a merced de su inspiración, sus recuerdos, su imaginación, y Dios le acompañaría en su soledad de escritora principiante, sin saber que en esas hojas quedaría plasmado su destino…
Rosalba, había sido desde siempre, una mujer con principios bien fundados, su madre oriunda de las sabanas de Sucre, nacida en 1942, casada con don José de la Esperanza, dos años menor que ella y dedicado a la agricultura, trabajador de aspecto taciturno, quien dejó en la familia una incógnita muy grande y un vacío profundo en el corazón de Rosalba, su hija menor.
Don José de la Esperanza conoció a Martirio, su esposa, una tarde de septiembre cuando se realizaban las fiestas en el pueblo, en medio del bullicio la vio pasar con su vestido de flores azules ladeado por la brisa y un peinado de los años 57, que fijaba sus facciones más recónditas como una flor en primavera. Don José no vaciló en acercarse a ofrecerle un helado para contemplar de cerca sus labios rosados, Martirio aceptó casi a regaña dientes pues siempre fue muy recatada con los hombres y de un talante evasivo ante cualquier propuesta; pero Don José con su gracia de caballero logró en cinco minutos lo que otros no hubiesen logrado en cinco meses de pretensión, Martirio lo tomó del brazo hasta el carro de helados que estaba parqueado frente a la iglesia, pidieron dos helados de chocolate al gusto de la invitada.
Dos meses después Don José se había adentrado tanto a la familia que parecía más el esposo que el novio de Martirio. Iba todos los días a cualquier hora; un día llegó empapado de rocío a las 3 de la mañana, afirmando que su despertador señaló las seis en punto hacia media hora, tenía planeado ver a Martirio acabada de levantar, pues siempre escucho decir de su padre que solo se conocía bien a la mujer que se amaba observando su aspecto cuando se levantaba. Martirio despavorida por la visita tan descabellada, negó dejarse ver y le mandó decir con Mirta su hermana, que cuando pasara su borrachera viniera a verla, mientras, que se fuera por donde vino y que preparara una disculpa bien fundada por haber interrumpido el sueño del viernes a toda su familia. Don José quedó pálido cuando Mirta le dio el recado y dejó que el mismo viera la hora en su reloj de cuerda. Desde entonces don José desconfió tanto en los despertadores de pilas que lo regaló al primero que pasó por su hacienda esa mañana y se encomendó en el canto de los gallos porque no necesitaban pilas y mucho menos se equivocaban….(…) colección de inéditos
18
Por: BIPOR (FÈLIX MÈNDEZ)
Eder Francisco Navarro Márquez
Con tu ingénita hermosura
Arrobado me quedé,
Conocí la luz más pura
Que jamás imaginé.
Eres tú la buena estrella
Que ilumina mi razón,
La más hermosa doncella
Que llegó a mi corazón.
Eres tú mi dulce reina
La que enciendes mi pasión,
Eres tan frágil y tierna
No tienes comparación.
Al mirar tus lindos ojos
Sonríe mi corazón,
Al besar tus labios rojos
Aumenta mi gran pasión.
Cuando no estas a mi lado
Siento un dejo de tristeza,
Brota el verso enamorado
Y le canto a tu belleza.
Con tu ingénita hermosura
Esplende la luz más pura,
Que excita mi corazón,
Y destilan por mis manos
Fecundos versos arcanos,
De elevada inspiración.
5
Se endulza mi voz al verte llegar
Y mi corazón cual mar turbulento
Salta en mi pecho con ansias de amar,
Con las ansias de tenerte un momento
Y deleitar tu alma con mi cantar,
Quiero expresarte todo lo que siento
A cada instante colmarte de gozo,
Y compartir tu sueño fabuloso.
Mirlena Paola Martínez González
LLAMAR POR SU NOMBRE
(padaq edes quiquel esqueca nape cuvaque)
Porqué no llamar remiendo
Al remiendo?
Debería llamarle zurcido
A fin que aquellos de finos tentáculos Intuyan
Que he leído un poco.
Esta necesidad
De llamar remiendo al remiendo
Surge por María, la costurera.
Quiero que entienda
más que a mi vestido negro
El de las galas sin nombre
Es necesario que remiende las heridas infames
azotan ebrias sus pómulos
Cada viernes.
Necesito llamar repugnancia
A la renuencia
eso mismo labró la guerra
En la garganta de Jesús, el zapatero itinerante
Cuando entrada la roja mañana en el salado
Vio rodar la cabeza de su mujer
A manos de cuarenta
Que no es cuarenta
Ni es uno
Ni es nada.
Sólo repugnancia
Hijo del repugnante sistema.
INVENTARIO
(unala unla se o alun)
Una media rota
La sonrisa mueca
Un arcoíris en el ojo izquierdo
Los cabellos desgreñados
La raspadura que arde en la rodilla.
¿Se parece en algo a nuestro inventario de caídas de bicicleta?
¿O son el de un niño violentado,
Al que se le suma
Un cráter doloroso en el alma?
ESA BLANCA FALDA
(esten quie suse tro tey)
Esa blanca falda me necesitaba.
Se sentía tan sola
Tan pulcra
Embriagada con naftalina.
Necesitaba
Que mis nalgas la prostituyeran
Induciéndole a besar todos los asientos.
Ella quería despeinarse
Sudar, ser custodia
Sentir el pellizco de su larga cremallera
Tropezar
Tenderse en la arena del solitario callejón
Y ver en contrapicado la faena.
DICEN QUE ERA UN HIJO PARIDO EN UNA GUERRA
(ayque toahme quidelo dehaen sulo epe)
Amanezco
Y viajan sobre mí ojos de fuego
Que salpican todo lo verde
Todo lo que en mi espeso jardín se mueve
Ahora mi madre
Me alimenta con sus rojas lágrimas saladas.
¡Quiero quedarme estacionado en este tibio pecho
Dejar de bailar al ritmo de
Los negros sonajeros que nos asechan!
De golpe un frio lodo me recibe en sus brazos
Hay un grito invisible sembrado
En el rostro de mi madre
Sus ojos asustan y en ellos me veo llorando.
Lo que queda de vida en ella es esa leche que derrama
Este era mi comienzo
Pero parece que hoy acaba.
(hebesi inghá aha)
He vivido mi vida lo más rápido que he podido
Bebí a grandes sorbos las épocas
Si acaso las tardes de muñecas recuerdo.
Ingenua oruga devorando todo,
Hábil halcón desafiando el viento.
Ahora que tengo tiempo de sobra
Aprendo entonces a vivir más lento.
FRANK ESTUVO AQUÍ
Moli desanudó la bolsita, y exhibió las bolitas de cristal en el suelo; relucientes y completamente nuevas. Algunas eran tan preciosas, que parecían una sustancia extraplanetaria de color marrón, con aspas de colores y burbujas de aire dentro.
- ¿Te cambio una de mis canicas? -dijo Moli, que miraba una de ellas.
- ¿A cambio de qué? -Repuso Gary, con un poco de desconfianza.
Moli pareció pensarlo- A cambio de Frank -sostuvo, con una alegría súbita, como si en su cerebro se hubiera encendido una bombillita eléctrica.
Gary se levantó de un salto.- ¿Estás loco? -Dijo mientras hablaba, empezó a bailar, haciendo movimientos eróticos con la mano puesta sobre sus genitales y deslizándose con los pies de para atrás. Se movía con energía, tocándose la punta de su sombrero bajo los círculos de colores de los reflectores que iluminaban el escenario, hasta cuando su euforia invadió como un mar de espuma al público que estalló con un grito de histeria colectiva cuando Gary les lanzó el sombrero y su guante blanco. Cuando por fin cesaron los aplausos, hizo una venia profunda, y un gran telón pareció cerrarse delante de él.
- ¡Bravo, bravo¡ -aplaudía Moli con sorna- ¡Ha resucitado el rey del pop! -
Gary mismo se cogió el cuello con las manos, y sacó la lengua, en señal de que lo estaban ahorcando. Después empezó a aullar, y a golpear el suelo con los puños. Como pudo, aferró sus velludos dedos de un barranco y, exhausto, empezó a arrastrarse, entre agujas de pino y bajo el sombrío resplandor de la luna llena. Luego olisqueó el viento helado, y un gran lago de aguas congeladas se abría paso como una sombra blanca bajo el cielo estival entre arbustos y promontorios de árboles cubiertos de nieve.
-Si serás payaso - le criticó Moli para sus adentros, que se miraba de reojo en un espejo que imaginaba delante de él.
- Cada día me parezco más a mi padre –Dijo jactándose de orgullo
- ¿Y no será por tu gran cabezota, grande cerdo? - se bufó Gary en voz baja
- Esta bien -reconvino al fin - ¡Pero tienes que apostar todas las canicas¡ -Moli sintió que su rostro se le transformaba en una sustancia granulosa que amenazaba caérsele a pedazos.
- No estás ni tibio -le reprochó y empezó a recoger de nuevo las bolitas. Gary le acercó un dedo largo y pálido, como si fuera el dedo de un extraterrestre que de un momento a otro pudiera emitir rayos de luz.
- Está bien -dijo
- Está bien -E iba a dar pequeños saltitos y a reírse tontamente, lleno de nervio, como si fuera la criatura más inútil del universo a bordo de un ovni que corría peligro. Moli lo levantó por el cuello, con sus grandes manos de tigre, y fijó en él sus vivos ojos negros.
Después le habló, en una actitud que nunca se supo si fue una actitud seria o una burla reprimida- Ahora dime, Garibaldo Hoyos, Alias “pata e sebo”. ¿Cómo vas a atrapar a Frank?-
- Uhh? -